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  Juan Arreola



 

 

16-Agosto-2006

  El Alquimista
Autor: Luis Arturo Chavarría Camargo

   

—¡¡¡Aleluuuuyaaaaaaa!!!

El grito resonó por todo el recinto, separando las nubes de vapor que emergían de redomas y vitrioleros. Atravesó las paredes de piedra, impregnadas de humedad y moho. Siguió por el laberinto de pasillos cuya oscuridad no atravesaba la llama de las teas que alternadamente aparecían por toda su longitud. Y finalmente salió al exterior, donde corrió por el prado para elevarse hasta el negro infinito de la noche.

—¡Aleluyaaaaa! ¡Ahhh!

Los ojos de Grimmaldo, el Maestro, miraban extasiados el borbotear de un irisado residuo pastoso que yacía en el fondo de la cápsula de porcelana en que trabajaba. El grito que lastimó su garganta al salir, poco a poco fue convirtiéndose en un murmullo que mucho tenía de plegaria, de antigua fórmula recitada.

 

x   x   x   x   x   x

 

Todavía recuerdo aquél lejano día en que me presenté al laboratorio de Grimmaldo, el Maestro, buscando colocarme en el codiciado puesto de aprendiz.

Era tal la fama del Maestro, que no sólo de la región o el país, sino aún de más allá acudían gentes para buscar un lugar en su grupo.

Muchos de los aspirantes hablaban en lenguas ininteligibles, pero entre ellos o con los iniciados se comunicaban en latín, o, con menor frecuencia, en griego.

Los iniciados eran discípulos del Maestro que llevaban muchos años a su servicio, con una lealtad probada. Más años, incluso, que los que yo podía contar de vida.

Me recibió Hamid, el Gran Deán. Recargado en un banco sin respaldo, con el pie izquierdo en el piso y el derecho apoyado en el escaño del banco, parecía menos alto de lo que en realidad era. Su brazo izquierdo descansaba en la mesa de trabajo, donde libros apilados y papeles desparramados trataban de descifrar las muestras que ordenadamente esperaban su turno de análisis en los anaqueles identificados con los símbolos de los elementos: aire, agua, tierra, fuego.

El Gran Deán. El brazo derecho del Maestro. La autoridad visible en el laboratorio. El único que tenía acceso al laboratorio privado de Grimmaldo. Y el más reseco y agrio de los que podían decidir quién se quedaba y quién no.

—Y tú, ¿qué sabes hacer? ¿Por qué quieres entrar al servicio del Maestro? –me preguntó.

—Trabajar y callar –respondí con un temblor en la voz–. Y quiero aprender el oficio de mi padre. Por eso estoy aquí.

Esta fue la única vez que vi cambiar su expresión. Jamás después, en todos los años que serví al Maestro, lo vi modificarla. Achicó los ojos y torció la comisura izquierda de su boca, no sé si sonriendo o en un gesto de sarcasmo.

—¿Trabajar y callar? ¡Con la falta que nos hace, precisamente eso! ¿Cuántos años tienes? –me preguntó, mientras su rostro volvía a la impasibilidad.

—Trece, señor. Pero sé trabajar las jornadas más largas y agotadoras sin bajar de rendimiento.

—Y, ¿cuál es el oficio de tu padre, que quieres aprenderlo aquí?

—Mi padre era ensayador, señor. Hasta hace tres años, trabajó para el Maestro en los hornos –respondí con orgullo.

—¿Y por qué dejó de trabajar con nosotros? –preguntó, con un dejo de intriga en el tono de su voz, que me iba pareciendo menos tajante que al principio.

—Porque murió. Cumpliendo con su trabajo.

Sorprendí un destello en sus ojos. Pero su gesto no cambió.

—Lamento escuchar eso. ¿Cuál era el nombre de tu padre?

—Yusuff, señor.

—¿Yusuff? ¿Yusuff, el hornero? ¿Eres hijo del refinador Yusuff? –me preguntó incrédulo Hamid.

—Sí, señor. Soy el hijo de Yusuff. –contesté irguiéndome.

Giró el cuerpo para quedar de frente hacia mí; encaramó el pie izquierdo en el escaño del banco, apoyó los codos en las rodillas y, así inclinado, me escrutó con la mirada.

Como eligiendo las palabras, me preguntó:

—¿Y sabes cómo murió tu padre?

—En la aldea dicen que murió endemoniado. Mi madre también lo cree. Pero yo sé que fue por la negligencia de uno de los fundidores y el arrojo de mi padre para salvarle la vida.

Tenía entrelazados los huesudos dedos de las manos. Los separó y colocó el mentón entre el índice y pulgar de la derecha.

—¿Cómo es eso? –me preguntó.

Él conocía la respuesta mejor que yo. Supe que trataba de medirme. Las largas charlas con mi padre, hablando de su pasión, que era el trabajo que realizaba en los hornos del laboratorio, habían hecho que yo comprendiera los trágicos acontecimientos que desembocaron en su muerte y la del fundidor. Se lo expliqué a Hamid lo mejor que pude:

—Habían estado obteniendo salitre en los hornos, y una buena parte era de cenizas de algas marinas. El salitre deja muy incrustadas las calderas, por lo que es necesario lavarlas con agua regia. Pero el agua regia se prepara con aceite de vitriolo, y siempre que éste se mezcla con algas marinas, desprende vapores violados que se condensan como escamas cristalinas. Uno de los fundidores no prestó atención a esto, y la tronera de su horno se taponeó con las escamas. Cuando al día siguiente fundieron cinabrio, los vapores se regresaban y llenaron la sala. El fundidor no alcanzó a salir y cayó frente a su horno, donde se le oía toser. A pesar de que trataron de impedírselo, mi padre regresó hasta allá para ayudarle, pero había ya tantos vapores, que perdió el sentido y cayó al piso también. Cuando pudieron sacarlos, ambos habían muerto. Y aunque a mí no me dejaron verlo, sé que mi padre debía tener ennegrecida la carne por tanto veneno que entró a sus pulmones. Ese color es el que hizo que la gente creyera que había muerto poseído por el demonio.

Me miró como quien ve un objeto curioso y desconocido entre las mercaderías de un viajante, y volviendo a enlazar las manos frente a sus rodillas, continuó su interrogatorio:

—¿Y cómo es que sabes tú eso?

—Mi padre quería que algún día entrara yo como aprendiz al laboratorio. Y siempre me estaba enseñando lo que sabía de su trabajo. Me platicaba lo que hacía, los materiales con que trabajaba, cómo podían mezclarse y cómo no debían mezclarse. A veces, hasta me hacía demostraciones con el equipo que podía armar en la casa. Y me decía que el Maestro era el único que podía terminar los estudios de Paracelso, y que no estaba lejos el día en que por fin encontraría el Alcaesto.

El Gran Deán se quedó largo rato pensativo, acariciándose el mentón. Por fin, levantándose del banco, me tomó de la mano diciendo:

—Ven conmigo.

 

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Tuvieron que pasar muchos años para que yo llegara hasta donde llegué. Hamid me tomó como aprendiz a su servicio.

—Trabajar y callar. Mientras demuestres que es verdad que sabes hacer esto, tendrás un lugar en el laboratorio.

Y fueron el trabajo y el silencio los que me llevaron hasta la cima que alcancé.

Comencé manteniendo el orden en la sala de Hamid. Los libros, a los estantes. Los manuscritos, ordenados y a los cajones. Las muestras, a los anaqueles. Todo perfectamente ordenado e identificado. Mantener limpio el lugar. Llevar y traer lo que se me ordenaba.

Muchas veces hube de llevar frascos y anaqueles al laboratorio privado del Maestro. Pero en ocasiones, me recitaba cosas en latín, que yo no entendía. Hamid me enseñó entonces griego y latín. Y cuando pude descifrar partes de los libros que usaba, me enseñó los símbolos y códigos de los alquimistas.

No supe bien cómo, un buen día comencé a vivir en las instalaciones del laboratorio. Hamid me llevó hasta un pasillo con muchas puertas. Abrió la cuarta de la izquierda y, dejando la bujía que llevaba en la mano sobre una mesa que había al entrar, me indicó:

—Desde hoy, esta será tu habitación. Recoge de tu casa lo que consideres indispensable y tráelo. Lo demás te será proporcionado aquí.

Me gustó descubrir un librero con varios tomos, que de inmediato se convirtieron en mi devocionario: De alchemia traditio summae perfectionis in duos libros divisa de Abu Musa Yabir al-Sufi; Pirotecnia de Vanoccio Biringucio; Acerca de los metales de Georgius Agricola; Alquimia de Andreas Libavius; algunos tratados de Aristóteles y la Divina Comedia.

Cuando cumplí ocho años a la sombra de Hamid, comenzó a llevarme a otras áreas del laboratorio. Por encargo suyo, fui quedando bajo la tutela de todos y cada uno de los iniciados por periodos que variaron desde ocho meses (el más corto) hasta tres años, con lapsos intermitentes, siempre breves, en que me recogía de nuevo a su lado. Se cumplieron quince años de mi llegada.

Entonces, fui llevado a la presencia de Grimmaldo, el Maestro, a quien encontré detrás de un enorme escritorio cubierto de libros y papeles, y no entre retortas y alambiques, como lo había visto siempre.

Hamid me acercó hasta unos tres pasos del escritorio donde Grimmaldo llenaba cuartillas con una caligrafía cuidada, y dejándome ahí de pie, sólo pronunció dos palabras:

—Helo aquí.

Y haciendo una profunda inclinación, se retiró.

Cuando escuchó la puerta cerrarse, el Maestro dejó de arrastrar la pluma sobre el papel, la colocó a un lado, me miró de frente con sus ojos glaucos, y hablándome por mi nombre, me preguntó:

—¿Cuánto tiempo hace que nos sirves?

—Quince años, señor –y no pude evitar que la voz se me quebrara.

—¿Ha sido lo que esperabas, o te hemos defraudado?

—Señor, ha sido más de lo que hubiera alcanzado a desear o imaginar. He aprendido mucho y me enorgullezco de servir a tan grande Maestro –le respondí.

Grimmaldo se sonrió. Se levantó y rodeó el escritorio, situándose a mi espalda. No era más alto que yo.

—¿Sabes que Hamid te tiene en muy alta estima? –me preguntó, sorprendiéndome.

—Mi tutor es muy amable al hablarle así de mí a Usted –fue lo único que acerté a responder.

—Mi querido Hamid no se entretiene en cortesías. Es o no es. Si ha hablado bien de ti, es porque vales algo –me dijo mientras, con las manos unidas a su espalda, caminaba algunos pasos hasta situarse frente a mí.

Al menos, podía verlo. Me ponía más nervioso cuando se quedaba a mi espalda.

—¿Has pensado que ya estás listo para mayores responsabilidades? –me preguntó a bocajarro.

—¿Yo, señor?

—¡Vamos, no me decepciones! ¡Tú! ¿Quién más está en esta habitación? –me reprendió.

—Perdón, señor, pero es que... ¡no entiendo!

—Piensa un poco. Llevas quince años aquí. Has aprendido todas las artes y oficios, desde la más simple y humilde, hasta la más compleja y reservada. Analízalo. Conoces bien todo lo que hacemos. Ya no hay aquí secretos para ti. ¡Estás listo! Lo has demostrado. El fiel Hamid te ha llevado de la mano durante todo este proceso, y te ha estado vigilando. Y me dice que estás listo. Si el Gran Deán lo afirma, así es entonces.

—Pero, ¿para qué? –pregunté desconcertado.

—Para tu iniciación.

Entonces lo supe. Desde el día de mi llegada, Hamid me había elegido para hacer de mí un iniciado. Me había ido enseñando paso a paso la ciencia del alquimista, y hoy me ponía en manos del Maestro. Su labor había terminado.

—Sígueme –me instó Grimmaldo.

Salimos del salón en que habíamos permanecido, y me condujo hasta su laboratorio privado.

En muchas ocasiones había estado yo ahí antes. Lo conocía bien. Pero supe que no era tal, cuando lo vi dirigirse al estante enrejado, con cuatro gruesas chapas adosadas. De su cinturón, desprendió un manojo de llaves y fue abriendo los cerrojos, uno a uno.

En la mesa de al lado, había varias muestras de metales y piedras. Junto a ellas, colocó Grimmaldo los frascos que fue extrayendo del estante.

Finalmente, sacó una redoma envuelta en un grueso paño negro, y con reverencia, la colocó al centro de la mesa.

Abrió en una página marcada el libro que, escrito de su puño y letra, descansaba en su atril a un lado.

Como oficiando un ritual, fue leyendo fórmulas y tomando pequeñas cantidades del contenido de los frascos, mezclándolas en un mortero. Luego, colocó en cápsulas de porcelana fragmentos de las muestras de piedras y metales, y les agregó un poco de la mezcla que había preparado. Enseguida, puso a calentar las cápsulas y sus contenidos, hasta que un olor acre llenó el laboratorio, irritándome los ojos, la nariz y la garganta. Finalmente, vi que descubría la redoma, despejándola de las capas de paño como si estuviera deshojando una delicada flor exótica.

Un espeso líquido irisado se contenía en la redoma.

Depositó una gota de él en cada cápsula, a cuyo contacto se iba desprendiendo una espesa nube de vapores asfixiantes, de tonalidades rojizas y naranjas.

Dejó que casi se secaran las cápsulas, las retiró del fuego y me las fue mostrando, una por una.

Escamas laminadas, cobrizas y doradas quedaban en el fondo de las cápsulas.

De golpe, comprendí: ¡La Piedra Filosofal!

Lo adivinó en mi incrédula mirada, porque sólo me dijo:

—Estamos muy cerca.

Entonces recogió todo, y me condujo hasta un salón a oscuras, a tres puertas de distancia del laboratorio de Hamid.

Encendió una lámpara.

—Este es tu laboratorio. Desde ahora, eres un buscador de la Piedra Filosofal, del Alcaesto.

Y salió, dejándome en medio de mi perplejidad.

No tardó en llegar Hamid, quien me entregó la túnica de los iniciados, un llavero con las cuatro llaves del estante junto a la mesa de trabajo y la de la puerta de acceso al laboratorio, una copia del manuscrito de Grimmaldo, varios frascos con pequeñas cantidades de los materiales que había visto manipular al propio Maestro, y una redoma con un espeso líquido irisado.

 

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Tres años después de esto, lloramos la partida de Hamid.

Como se hacía con todos los iniciados, su cuerpo se quemó, y las cenizas, contenidas en una urna, fueron entregadas al Maestro, en una ceremonia en la que terminamos reunidos en su biblioteca sólo él y el resto de los iniciados.

Parsimoniosamente, atestiguamos cómo el Maestro colocó la urna en un anaquel que contenía ya varias de ellas. Las formas eran idénticas, pero las diferenciaban los colores. Sólo esta y otra eran doradas. Dos. Porque, desde que se había instalado el laboratorio, sólo habían habido dos  Gran Deán.

Habló entonces el Maestro, y luego de dolerse junto con nosotros por el término de la misión de Hamid, declaró:

—El grupo necesita un Gran Deán. No puedo cargar yo solo tanta responsabilidad. Por lo tanto, desde hoy, tú –dijo, y me señaló– la compartes conmigo. Tú eres nuestro Gran Deán.

Dicho esto, me ciñó la faja dorada, símbolo del rango, y me entregó las llaves del laboratorio de Hamid, pidiéndome a cambio las del que había estado utilizando hasta entonces.

 

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Nunca dudé del trabajo que hacíamos junto a Grimmaldo. Desde antes de entrar a su servicio, cuando mi padre me hablaba de lo que hacían en el laboratorio del Maestro, estaba convencido de que sería ahí donde por fin el mundo conocería la transmutación de la materia. Las cuatro cualidades de calor, frío, humedad y sequedad, propias de la materia, serían sometidas y manipuladas a discreción, con lo que un elemento podría ser transformado en otro, llevándonos de ahí a transformar una materia en otra.

Y mientras fui aprendiz, luego ayudante, luego encargado; mientras fui escalando rangos entre el grupo de los que servíamos a Grimmaldo, fui aportando todo mi saber para conseguir lo que buscábamos.

Cuando el Maestro me convirtió en su Gran Deán, me propuse terminar el trabajo. No descansaría hasta encontrar la Piedra Filosofal, y no permitiría que me alcanzara la muerte antes de lograrlo.

Me dediqué con ahínco, con febril entrega, a la tarea.

Y un día, tuve algo que mostrarle al Maestro.

Monté y preparé mi demostración. Realicé pruebas durante casi un mes, hasta que estuve seguro de los resultados, y entonces lo llamé.

Repetí el ritual, que conocía ya de memoria. Pero no quise arriesgarme a fallar. Seguí paso a paso las instrucciones registradas en mis manuscritos.

Y le entregué al Maestro siete laminillas de oro en siete cápsulas de porcelana donde sólo había habido inicialmente piedras y metales comunes.

Grimmaldo no pronunció una palabra. Miraba fijamente las siete cápsulas. Levantando la vista hasta mi rostro, sonrió.

Colocó en una bandeja todo y, tomando el manuscrito, se encerró en su laboratorio.

 

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Todavía escucho la reverberación de aquel grito.

Hacía varios meses que no veíamos llover, y sin embargo, aquella noche estalló una tormenta.

El restallar de los truenos ocupó buena parte de la noche, con la tormenta sobre nuestras cabezas, hasta que fue diluyéndose para reducirse a una llovizna.

Fue entonces cuando se escuchó el grito.

Yo estaba estudiando algunas transmutaciones débiles cuando lo escuché. No le presté mayor atención, ya que sólo se repitió una vez y no volvió a escucharse.

Sin embargo, mis análisis demostraron algo que me alarmó.

Una prueba muy sencilla, nimia. Y que sin embargo, ponía a temblar todo lo que habíamos encontrado hasta entonces.

No habíamos contemplado el efecto del flogisto.

Y al regresar, revertía todo el proceso.

¡Y era tan fácil!

Bastaba agregar unas gotas de agua.

Quise asegurarme. Sí. La piedra volvía a ser piedra y el metal, metal. Con sólo unas gotas de agua.

Salí a contárselo al Maestro. A esas horas, debía estar en su biblioteca.

No lo encontré ahí. Me asomé a sus aposentos, pero la cama estaba hecha. No se había acercado por ahí. Fui entonces a su laboratorio.

Encontré la lámpara encendida y una enorme confusión en su mesa de trabajo.

Varias cápsulas con fino polvo de oro brillando en el fondo, me hicieron saber que había estado trabajando con la Piedra Filosofal. Y unos montoncillos de arena me dieron la pista del material que estaba transmutando: la arena en oro.

Encontré algunos pliegos manuscritos en los que identifiqué su cuidada caligrafía. Leí algunos párrafos:

Paracelso. Sal, azufre y mercurio. De esto se forman los elementos de los cuerpos compuestos. Representan a su vez la tierra, el aire y el agua. Cuando se someten al imponderable, al no material, al fuego, llegan a fundirse y a ser una sola cosa. Y al mezclarse con la Piedra, llegan al Alcaesto. A partir de ahí, pasan a un estado de mayor perfección cada vez, hasta llegar al oro.

Si consideramos nuestro desierto, y asumimos como un mínimo probable que la profundidad de sus arenas alcance una vara, y si vemos su gran extensión, podremos imaginarnos la cantidad de oro que puede obtenerse de él.

El proceso es difusivo, por lo tanto, bastará iniciar la transmutación en el centro, para que se vaya extendiendo hacia los extremos, hasta completar la transformación. En un solo día, habremos convertido nuestras dunas de arena en montes de polvo de oro. ¡Debo hacerlo! Es la hora

Hasta aquí llegaba la última anotación de Grimmaldo.

De inmediato comprendí lo que pasaba.

Quise hacer una última prueba, rogando que no fuera cierto mi descubrimiento.

Rocié algunas gotas de agua sobre las cápsulas con polvo de oro, y vi repetirse el proceso de degradación. De nuevo, la arena volvió a ser arena. Fino polvo azafranado.

Salí de ahí, buscando al Maestro. Tenía que alcanzarlo para decirle lo que acababa de descubrir.

Alguien me dijo que lo habían visto salir y encaminarse no hacia el bosque, como cuando salía a pasear y a despejarse, sino a la derecha... hacia el desierto.

Corrí por donde me habían dicho que marchó, gritando su nombre y llamándolo a voz en cuello, sin recibir respuesta.

Poco a poco, el día se hizo a mi alrededor. El sol fue subiendo sobre el horizonte hasta alcanzar su máxima altura sobre mi cabeza.

Y entonces fue que lo encontré, muerto, tendido en mitad del desierto, apretando aún con fuerza en su mano derecha un pequeño saco de lona repleto de arena.


  
                                                  FIN

 


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